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La letal combinación de religión y política

Publicado: 2019-11-16

En 2005, un ministro de la Autoridad Nacional Palestina, Nabil Shaath, narró que, 4 meses después de la invasión de Irak de 2003, George W. Bush le dijo que Dios le había pedido acabar con la dictadura de Saddam Hussein, y que, por ese motivo, ordenó la operación militar contra el país árabe. La versión fue desmentida por la Casa Blanca en ese entonces, pero, en el libro “Plan de Ataque” (2004), el famoso periodista Bob Woodward, ya había contado que el texano le dijo que, estando a punto de iniciar las hostilidades, le pidió a Dios que le diera fuerzas para “poder cumplir con la voluntad del Señor”. Es un hecho que Bush es muy religioso y, además, que, en su administración, una rama evangélica tuvo una influencia considerable.  

Ahora sucede algo parecido en Washington , no porque Donald Trump sea particularmente creyente, sino porque ha adoptado en buena parte la agenda conservadora como parte de su estrategia política. Ello, ciertamente, contribuye a que tenga una posición tan proisraelí en el conflicto del Estado hebreo con los palestinos.

Curiosamente, los evangélicos que influyeron en Bush y ahora en Trump, defienden a rajatabla a Israel, porque, en su interpretación de los textos sagrados, la segunda venida de Cristo será precedida de la expansión del pueblo judío. Tienen entonces que asegurarse que ese hecho previo se materialice. La guerra de Irak y el apoyo a la ocupación de Cisjordania se enmarcan en esa convicción.

Difícil saber si, efectivamente, Dios está en esa línea, pero, lo que sí está claro es que la aventura de Bush, no solo generó un gran desbarajuste regional, sino que, también, llevó, en última instancia, a la aparición del Estado Islámico; por su parte, la usurpación israelí significa un abuso mayúsculo contra los palestinos y una fuente de tensión permanente en Medio Oriente. Es decir, la intromisión evangélica en la política exterior de Estados Unidos, es una fuente de desgracias terrenales.

Por cierto, la política hebrea es defendida por los judíos ortodoxos sobre la base de que Dios les entregó la tierra en la que están asentados los palestinos desde hace siglos.

Por su lado, los extremistas musulmanes también justifican sus bárbaras acciones por la supuesta voluntad divina.

En la India, el gobierno del actual primer ministro Narendra Modi, propicia un nacionalismo hindú que no solo discrimina a las minorías religiosas, sino que fomenta la violencia, en particular contra los musulmanes.

En nuestra región, en Bolivia, la presidenta interina metió la Biblia en el juego político, como, días antes, lo hiciera el líder cívico de Santa Cruz, Luis Fernando Camacho; así, las Escrituras se convierten en un factor de polarización, cuando lo que nuestro vecino altiplánico necesita con urgencia es bajar las tensiones.

En síntesis, la combinación de religión y política es altamente explosiva. Eso lo hemos sabido siempre, pero, increíblemente, aún en nuestros tiempos, hay quienes persisten en mezclarlas.

Es momento de recordar la frase de Jesús: “Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”. En otras palabras, por mandato celestial, hay que dejar la religión en el ámbito privado. Amén.


Escrito por

Francisco Belaunde Matossian

Analista político internacional. Profesor en las universidades Científica del Sur y San Ignacio de Loyola


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