espera despierta

El enmarañado expediente norcoreano

Publicado: 2017-04-19

Todo régimen que pretende eternizarse dedica la mayor parte de sus energías a aferrarse al poder, y subordina todo lo demás a ese objetivo. La cosa se agudiza cuando se siente fragilizado, lo que se traduce en fuertes niveles de represión de críticos y opositores.  

No sucede lo mismo con los gobiernos democráticos que, por definición, son a plazo fijo y que tienen la legitimidad constitucional como fuente de estabilidad durante sus respectivos mandatos.

La satrapía norcoreana es un ejemplo de lo primero, alcanzando niveles inauditos de paranoia y crueldad en su afán por perdurar, llegando incluso al asesinato de personajes cercanos al líder máximo, al ser considerados súbitamente como enemigos o traidores, de acuerdo a las informaciones que recibimos de tanto en tanto. Su sentimiento de inseguridad reside de manera fundamental en el hecho de que Estados Unidos no lo reconozca y no haya firmado un tratado poniendo fin a la guerra de Corea de los años 50 del siglo pasado. Esta, recordemos, no ha terminado técnicamente, pues, el 27 de julio de 1953, solo se firmó un armisticio acordando el cese de hostilidades y fijando el famoso Paralelo 38, como línea divisoria entre las partes en conflicto.

En ese escenario, el desarrollo de armas nucleares constituye una suerte de seguro para el régimen. Es decir, es una medida defensiva. El problema, claro, es que es peligrosa, no sólo para Corea del Sur, sino también para Estados Unidos que se encuentra así ante la perspectiva de que su territorio pueda ser alcanzado por fuego atómico norcoreano en un futuro no muy lejano, cuando Pyongyang haya desarrollado la tecnología que le permita instalar una bomba nuclear en la cabeza de un misil. Ello, que según diversos especialistas podría ocurrir en dos años, es inaceptable para Washington, cualquiera que sea el ocupante de la Casa Blanca.

En otras palabras, como dijo muy bien el New York Times, estamos viviendo una “crisis de los misiles cubanos en cámara lenta”. La que involucró a La Habana, en 1962, duró 13 días. La de ahora viene extendiéndose por varios años y ha llegado a un punto en que parece casi insoluble, por lo menos de manera pacífica.

Claro, Estados Unidos podría acceder a firmar la paz con el totalitarismo norcoreano otorgándole así la garantía de supervivencia que éste busca, si es que tal cosa existe para un gobierno. El problema es que, de todos modos, a Kim Jong Un podría serle muy difícil aceptar destruir su arsenal nuclear construido con tanto esfuerzo.

La otra opción es que Beijing y Washington pacten la caída del régimen de Pyongyang por asfixia económica mediante el cese de sus vínculos comerciales con China. El problema para esta última es que ello significaría la unificación de la península coreana bajo influencia norteamericana, lo que le resultaría intolerable. No obstante, algunos analistas sugieren que podría alcanzarse un acuerdo si Estados Unidos ofrece terminar su alianza militar con Seúl. Ello, sin embargo, tendría el inconveniente de debilitar a Corea del Sur en un contexto en el, como varios otros países de la región, tiene que hacer frente a las reivindicaciones territoriales chinas que Beijing empuja agresivamente sin mucho respeto por el derecho internacional, a través de la política de los hechos consumados y que también van en contra de los intereses norteamericanos.

La otra opción, la del ataque preventivo estadounidense, es altamente riesgosa, pudiendo llevar a una confrontación bélica de grandes proporciones. Es poco probable que se dé en el corto plazo, más allá de los mensajes amenazantes de Donald Trump transmitidos a través de la exhibición de su potencial armamentístico, de declaraciones y de tuits. No obstante, a medida que Pyongyang se vaya acercando a la capacidad técnica de golpear el territorio norteamericano, la necesidad para la Casa Blanca de resolver la cuestión será cada vez más acuciante y, por lo tanto, las posibilidades de una operación militar crecerán. En otras palabras, el nudo norcoreano, si no es desenredado, podría volverse letal.


Escrito por

Francisco Belaunde Matossian

Analista político internacional. Panelista de programa TV Perú Mundo de Canal 7. Profesor universitario


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